Es verdad que en muchos edificios de nuestra capital parece que nadie se conoce y todos son como extraños, que comparten los mismos pasillos, el hall y la terraza. Todos se saludan pero rara vez, saben tu nombre de pila o a lo que te dedicas. Hay quienes ésta les parece la situación ideal, porque no les interesa hacer sociales con los vecinos y esta se convierte en una óptima forma de mantener la intimidad. Debo decir que en mi caso es diferente, pero por razones de fuerza mayor. Vivo en un edificio donde reina una familiaridad y cercanía con los cohabitantes casi por defecto. Es que entre el pozo de aire que funciona como un amplificador a gran escala y las paredes que parecen ser muy permeables no solo a la humedad sino también a cualquier onda sonora que ande en la vuelta, es casi como que viviéramos todos juntos en una gran casona.
Es así que me entero (quiera o no) de cuando se baña mi vecino de al lado, cuando el viejito de abajo le vienen los accesos de tos, de cuando mi noctámbula vecina chatea y de su estado de ánimo dependiendo de su selección musical, si la ama de casa de abajo se pelea con la señora de arriba porque ladra el perro, etc, etc. Cada día se puebla de anécdotas y los fines de semana se superponen el pedido a gritos de “ háceme la leche!!” del niño que pasa el finde con su papa divorciado/separado, con las conversaciones por teléfono de una adorable viejita que aparentemente, tiene un talento natural para importunar a sus amigas y familiares, y a su vez seguir la conversación de todos modos, despidiéndose cada 5 minutos y volviendo a reenganchar en un nuevo tema.
Puede decirse que es como tener un reality show en casa, en vivo y en directo!! Y esto puede ser divertido o no tanto. Pero como todo en la vida si uno le busca la vuelta de rosca, se logra aprender algo de cada situación que nos toca vivir. Ejemplo: Hace un tiempo ya se mudaron al apartamento lindero unos jóvenes estudiantes (nótese como ya me siento fuera de este grupo etario), como todos los que nos hemos venido del interior a la capital por estudios, el vivir sin el cobijo de nuestros progenitores, sin la comida pronta en la mesa y la ropa planchada, tiene la contraparte de la libertad de no dar cuentas a nadie y de hacer un zafarrancho de novela en tu casa que no pasa nada!!! Y bueno, se comprende, pero como me enseñaron de chiquita mi libertad termina donde empieza la del otro y ta buena la libertad pero no el libertinaje!! Diría la Obdulia (mi abuela). El tema es que uno se va poniendo más centrado con la edad, más maduro, responsable y después de toda una semana de trabajo solo piensa en el fin de semana como La Oportunidad para dormir sin despertador.
Es verdad, también se puede ver como que ya no se tiene aguante ninguno y que el viernes ya después de las dos de la mañana, te dormís sentado haciendo lo que sea q estés haciendo, en un pub o en el cine. Bueno más allá de los detalles, la cuestión fue que a eso de las 8 de la mañana de un sábado, nos despertábamos mi novio y yo, debido a un taconeo que retumbaba en el silencioso pasillo, se traslucían las dificultades para abrir la puerta tras reiterados intentos para embocarle a la cerradura, “y bue…” pensamos nosotros, “…el vecino tuvo suerte!!” Y nos preparamos para seguir durmiendo cucharita. Pero las intenciones del vecino eran continuar con el baile en su casa, y para ambientar puso música, y ahí olvídate de volver a dormir!!! Era como tener a Daddy Yankee en el cuarto, cantándonos en vivo. A mi me invadió la impotencia, el enojo de "como no se da cuenta de que molesta a los vecinos!!" y por otra parte la certeza de que probablemente ni fuera consciente de su falta de respeto. Ahí ya nos despabilamos y dijimos, aprovechemos la mañana ya que estamos despiertos, nos levantamos, preparamos el mate, y nos entregamos a las tareas pendientes de la semana (impresionante como en determinado momento, uno empieza a aceptar lo inevitable y saca el mejor provecho de la situación, eso es crecer!!! definitivamente ya estoy envejeciendoooooo!!!!). Pero yo me había quedado con cierto gusto amargo, digamos una pequeñita sensación de rabia por lo sucedido, y talvez porque no, una diminuta necesidad de venganza. Considere hablar de forma civilizada con el joven causa de mi madrugón, pero después de hablarlo con mi medio pomelo, concluimos que en ese momento nos íbamos a ganar su odio por romperle el pastel con la chica, o que ni siquiera nos iba a atender, y en fin, quedó por esa. Pero mi terapeuta siempre me ha dicho que no es bueno quedarse con cosas por decir, y por otro lado me acuerdo de haber escuchado siempre a mi padre enunciar, que a veces un hecho vale más que mil palabras. Haciendo una combinación de ambos conceptos, entonces decidí predicar con el ejemplo. Al mediodía, cuando calculé que el vecino estaba en su séptimo sueño, nos pusimos a escuchar (a un volumen considerable) mis temas preferidos de Juan Luis Guerra, mientras con mi novio ordenábamos un poco nuestro nido de amor, cantando y bailando, y conscientes de las altas probabilidades de estar despertando al vecino parrandero. El nunca nos dijo nada, nosotros tampoco. Lección aprendida, talvez nos han vuelto a despertar los retumbes de los tacos en el pasillo, pero luego seguimos descansando, no se arma más el after en lo de este joven inquieto.
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